La puta de Mensa > Woody Allen



Una de las características de ser investigador privado, es que debes confiar en tus corazonadas. Por ese motivo, cuando un escalofrío recorrió mi cuerpo al ver a este hombre entrar a mi oficina, debí haber seguido mis instintos.
-Buenas tardes, mi nombre es Palabra Babcock. ¿Usted es el famoso detective Káiser?- preguntó.
-Eso es lo que dice mi licencia- contesté. Él estaba temblando como el cantante líder de una banda de rumba. Puse una botella y vaso de whisky sobre la mesa para fines no medicinales.
-Suponga que se relaja y me cuenta lo que le pasa.
-Usted... no, no, no le contará a mi esposa, ¿verdad?
-Quédese tranquilo, aunque no puedo prometerle nada, Palabra.
-Yo soy un hombre trabajador, vendo artículos para hacer bromas. Como esos que pasan electricidad al estrechar la mano. A muchos ejecutivos les gustan, especialmente a los de Wall Street.
-Vaya al grano.
-Verá, ando mucho en las calles. Usted sabe como es...: solitario. Pero no es lo que está pensando, soy básicamente un intelectual. Seguro, un tipo que puede conseguir fácilmente cualquier chica bonita y descerebrada que quiera. Pero las mujeres con cerebro...esas si son difíciles de encontrar.
-OK, siga.
-Bueno, escuché de esta chica. Dieciocho años. Una estudiante de Universidad. Por un precio ella venía y hablaba de cualquier tema: Proust, Yeats, antropología. Intercambio de ideas. ¿Ve a qué me refiero?
-No exactamente.
-Quiero decir, mi esposa es grandiosa, no me malinterprete. Pero ella no quiere discutir Pound conmigo, o Eliot. No sabia eso cuando me casé con ella. Verá, necesito una mujer que sea mentalmente estimulante, y estoy dispuesto a pagar por ello. No quiero compromisos, quiero una fugaz experiencia intelectual, después quiero que la mujer se largue. Dios mío, Káiser, soy un hombre felizmente casado...
-¿Hace cuanto tiempo viene sucediendo esto?
-Seis meses. Cada vez que me urge llamo a Flossie, la mami, tiene un título de doctor en literatura comparada. Ella me envía alguna de sus chicas, alguna intelectual. ¿Comprende?

Así que este era una de esos tipos cuya debilidad eran las mujeres brillantes. Sentí lástima del pobre imbécil. Imaginé que habría muchos individuos en su situación, hambrientos de unas migajas de comunicación intelectual con el sexo opuesto y por la que pagarían un precio exorbitante.
-Y ahora amenaza con contarle a mi esposa.
-¿Quién?
-Flossie. Escondieron un magnetofón en la habitación del motel. Me grabaron en cinta mientras discutía "La Tierra Baldía" y "Estilos de Voluntad Radical"... Quiere diez grandes o se lo contarán a Carla. ¡Káiser usted debe ayudarme!. Carla se muere si se entera que ya no me excita.
El viejo tinglado de la prostitución...


-Llame a Flosie y pásemela.
-¿Cómo?
-Tomo su caso, Palabra. Son cincuenta dólares más gastos.
-Nunca será más que lo que me piden- comentó con una sonrisa, mientras cogía el teléfono para marcar un número.

Tomé el teléfono y segundos mas tarde una voz aterciopelada contestó.
-Entiendo que usted puede arreglarme una hora de buena charla.
-Claro, amor. ¿Qué tenés en mente?
-Me gustaría discutir Melville.
-¿Moby Dick o novelas mas cortas?
-¿Cuál es la diferencia?
-El precio amor. Eso es todo. El simbolismo cuesta extra. Cincuenta por Moby Dick, y si quiere una discusión comparativa Melville-Hawthrone, podríamos arreglar por unos cien.
-Me parece bien- contesté. Y le dí el número de mi habitación en el Hotel Plaza.
-¿Quiere una rubia o una morena?
-Sorpréndame- dije. Y colgué. A los pocos minutos de llegar a la habitación del hotel, una pelirroja de cuerpo dudoso golpeó la puerta.
-Me sorprendió que nadie la hubiera parado en el lobby, vestida así -le digo-. El conserje usualmente detecta con facilidad a las intelectuales.
-Con un billete de cinco no distingue nada.
-Bueno, ¿comenzamos?- Dije, empujándola al sofá.

Ella prendió un cigarrillo y dijo:
-Creo que podríamos comenzar encarando Billy Budd como la justificación de Melville a la creencia en Dios, nést-ce pas?
-Interesante -dije- Aunque no en el más puro estilo Miltoneano. Estaba haciendo una finta. Quería saber hasta donde podía llegar.
-No, El Paraíso Perdido carece de la subestructura del pesimismo.
-Cierto, cierto. Tienes razón- Murmuré.
-Creo que Melville reafirma las virtudes de la inocencia en un sentido genuino y a la vez sofisticado ¿no crees?

Yo dejé que ella siguiera. Apenas tenia diecinueve años, pero ya había adquirido esa dura virtud y facilidad de una pseudo-intelectual. Desgranaba bien sus ideas, pero en el fondo todo era mecánico. Cada vez que yo emitía una introspección ella fingía placer:
-Oh, si Káiser, si amor, eso si que es profundo. Una platónica comprensión de la Cristiandad. ¿Cómo es que no lo había pensado antes?
Gemía plena de satisfacción. Conversamos por una hora y luego dijo que debía irse, sin antes enunciar que aun tenia mucho para ofrecerme. Esto lanzó mi curiosidad.
-¿Qué quieres decir? ...
...no se trataba únicamente de experiencias intelectuales, lo que se vendía era también experiencias emotivas.Por cincuenta, podrías comunicarte sin llegar muy profundo. Por cien una mujer puede prestarte sus discos de Bartok, cenar y luego te permitiría mirarla mientras tiene un ataque de angustia. Por ciento cincuenta podrías escuchar la radio FM con mellizas. Por trescientos tenías el servicio completo: una judía pelirroja simula que te encuentra por casualidad en el Museo de arte Moderno, te deja leer su tesis de maestría, y hasta mantendría una discusión a voz en cuello durante el happy hour del bar de Elaine sobre la concepción de Freud sobre la mujer, y luego simularía el tipo de suicidio de tu preferencia. Una velada perfecta, para algunos hombres. Hermosa ciudad, Nueva York.

Del libro: "Without Feathers" > Woody Allen