Las Liras en la Biblioteca Nacional de Chile



En la Biblioteca Nacional se anuncia una charla sobre el más influyente poeta popular de la historia de Chile. ¿Quién? El Pequén. Bautizado como Juan Rafael Allende y criado en el bullicioso barrio de La Chimba, al otro lado del Mapocho, este activista empresario de la prensa satírica revolucionó la conservadora sociedad del siglo XIX marcando un hito en nuestro periodismo.

La licenciada en literatura Bernarda Urrejola será la encargada de presentar, el 29 de julio, en la Biblioteca Nacional, el poco difundido legado literario de un hombre que revolucionó la cultura burguesa del siglo XIX desde el mundo popular. Desde el otro lado. Desde el humor ácido de la prensa satírica. Desde la ribera norte del río Mapocho. Desde el folclórico y campestre extramuros de quienes lavan las ropas y reparan los coches de los ricos. El barrio de La Chimba, asentamiento de una tradición popular desbordante de picardía, es cuna del poeta, periodista y dramaturgo
Juan Rafael Allende, más conocido como El Pequén.

Tema obligado de las conversaciones, dolor de cabeza de políticos y clérigos, El Pequén nació en 1848 y falleció en 1909. Desde 1880 editó varias publicaciones, pasquines de cuatro páginas, que tres veces por semana aparecían con sus poesías ilustradas con geniales caricaturas hechas por sus colaboradores que ridiculizaban a personajes y figuras públicas. "El padre Cobos", "El padre Padilla", "Pedro Urdemales", "El recluta", "Poncio Pilatos", "General Pililo" y "Don Mariano" son algunos de estos periódicos anticlericales, liberales y de marcado nacionalismo, que se venden como pan caliente entre artesanos y obreros urbanos y que hacen temblar a los poderosos y acomodados.

Fundador del Partido Democrático y enemigo declarado de las sotanas, acusó a los curas de vivir a costa del pueblo y a los banqueros de usureros y de entregar el salitre a los extranjeros. "Para Allende resultaba claro que la riqueza de la burguesía corría pareja con la miseria, la impotencia y el hambre del pueblo", señala el experto Maximiliano Salinas en su libro El que ríe último, sobre la prensa satírica del XIX.

Presidentes de la República tampoco se salvaron de sus dardos. En 1903 escribe sobre Germán Riesco:

En la Moneda, arriba
Don Jermán que echa guata
I seguirála echando mientras viva
Nadando entre olas de luciente plata.
Abajo, un pueblo a quien el hambre mata
y a quien tan solo hacen tragar… saliva

Según explica Salinas, la denuncia de Allende apunta sobre todo a que a fines de la centuria antepasada, los grandes hombres públicos se venden al dominio del dinero, especialmente en el período del presidente conservador Federico Errázuriz Echaurren. En palabras del periodista "sean cuales sean los partidos que en apariencia gobiernan en Chile, siempre los banqueros tienen sus representantes en la Moneda y en el Congreso. I, después de la revolución del 91, como nunca…I el presidente fantoche don Federico 2º Errázuriz, como pocos, necesita satisfacer todos los caprichos i ambiciones de los señores banqueros, muy en particular, a los clericales del Banco de Santiago".

Encarcelado durante el levantamiento conservador contra el gobierno de José Manuel Balmaceda, en 1891 Allende estuvo a punto de morir ahorcado en la Plaza Pública. Exiliado por cerca de diez años, regresó en momentos en que las restricciones ya no eran impedimento para la existencia de una prensa instalada en la opinión pública, pero subestimada por la burguesía, que la tilda de comidilla para ignorantes.

Sin embargo, la Iglesia no minimizó la influencia de las cuidadas caricaturas de los dibujantes Luis Fernando Rojas y Benito Basterrica, acompañadas de los jocosos mensajes de Allende, que adornaban los arrabales de Santiago, empapelando tiendas, bares y quintas de recreo. Y mostrando a un clero entregado al ocio y los placeres mundanos. La doble excomunión del periodista tuvo como efecto el aumento del tiraje y de las ya abultadas ventas de "El padre Cobos", "El Padre Padilla", el "Poncio Pilatos" y, como irónica respuesta, la publicación de un edicto en el que el propio Allende se permitía excomulgar a la Iglesia Católica

En 1888, detenido tras los incidentes de una manifestación, convocada por el Partido Democrático, por el alza de los pasajes de los carros urbanos, escribe el verso titulado

"Hai mil modos de reir":

Dice el vulgo, i es verdad
Que hai mil modos de reir
Y yo agrego, por seguir,
Este dicho en puridad:
Suele siempre suceder
Que el que rie por reir
Llorar suele hasta morir
Por tanto que rio ayer.

Son los clérigos, los Matte,
Los pechoños, los bribones
Los que ríen cual bridones
Porque creen ¡qué disparate!
Que El Padilla se acabó.
I que en negro calabozo
Matarán a este coloso
De la causa que sirvió.

Mas, siguiendo la corriente
De las cosas de este mundo,
Dice un sabio muy profundo:
Es la risa mas prudente
La del último que rió;
I yo afirmo sin temor
Que reiré mucho mejor,
Al final, convenga o no

Editados en cuadernillos, a la manera de su antecesor Bernardino Guajardo, sus textos alcanzaron una masiva difusión, tal como lo harían más tarde los de otros poetas como Nicasio García, Daniel Meneses y Rosa Araneda. Paralelamente a sus periódicos, publicó las llamadas "Poesías del Pequén", de las cuales el gobierno mandó a imprimir 10.000 ejemplares para distribuirlos entre los soldados en la Guerra del Pacífico, cuando el nacionalismo chileno fuertemente exacerbado encontraba una clara expresión en los versos y la prensa de Allende. Influyente también es su producción dramática. De su autoría es la obra teatral Tarapacá, recientemente estrenada bajo la dirección de Ramón Griffero.

Su inquietud por los problemas sociales de la clase trabajadora, y su constante lucha por la defensa del salitre, lo llevan a participar en la vida política, presentándose como candidato a diputado por Antofagasta en 1897. He aquí unas décimas de apoyo, escritas en El General Pililo por el poeta Juan Alhué:

Lector, les cupo la suerte
A los antofagastinos
De dar a lo josefinos
Ruda sentencia de muerte.
La democracia, allí fuerte,
Su misión santa comprende,
Por eso, su mano tiende
Al buen hijo con amor,
A su viejo defensor
Don Juan Rafael Allende

Que ese pueblo justiciero
Se elevar con sus votos
Al defensor de los rotos
I de todo el pueblo obrero,
Al liberal verdadero
Que ni cede ni transije.
I que para el pueblo exije
Protección i bienestar
Que puedan contrarrestar
La miseria que hoi lo aflije!

Por el pueblo ha recorrido
El más amargo Calvario
No hai un correligionario
Que como él haya sufrido.
El es quien ha conseguido
Clavar la roja bandera
Que a la sotana altanera
Le arrebata su poder,
El defiende hoy como ayer
Al pueblo, a la clase obrera

RODOLFO LENZ

Llegó a Chile en enero de 1890, contratado por el gobierno de José Manuel Balmaceda para ejercer en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Destacó a fines del siglo XIX y primeras décadas del XX por sus numerosos estudios en el ámbito de la lingüística comparada, la etnología y el folclore. Además de sus estudios lingüísticos (su obra fundamental en este sentido fue La Oración y sus Partes, de 1920, donde propone una gramática de base psicológica a partir de la teoría de Wilhelm Wundt), escribió numerosos artículos publicados en los Anales de la Universidad de Chile,[1] referentes a Gramática, Fonética, Lexicografía, Ortografía, Enseñanza de lenguas, Etnología y Folclore.

También se dedicó a la enseñanza universitaria. Fue titular de las cátedras araucanista y de lingüística de la Universidad de Chile; también inauguró la enseñanza del inglés y el francés en el Instituto Pedagógico. Sus Chilenische Studien,[2] publicados de 1892 a 1893, constituyen la primera descripción científica de la pronunciación chilena. Lenz se entusiasmó con su objeto de estudio, para él un verdadero descubrimiento, una novedad absoluta para el Viejo Continente. Se encontró con que los rotos de la ciudad y los huasos del campo hablaban una variedad muy especial que exigía perentoriamente una descripción científica.

La llegada de Rodolfo Lenz a Chile en 1891 constituyó un acontecimiento de primer orden en la historia del estudio del español de ese país. De esta forma queda plantada la semilla de la polémica: al comparar el sistema fonético del araucano o mapuche con el del castellano chileno, Lenz en este trabajo llega a la conclusión de que el español vulgar de Chile es principalmente español con sonidos araucanos.[4] Esta teoría, conocida como indigenista, fue muy discutida por Amado Alonso, quien consideraba que parte de los rasgos comunes encontrados por Lenz se debían a errores en el método de investigación, y que los restantes podían explicarse como evoluciones comunes a muchos dialectos del castellano que eran independientes de la influencia del mapudungun. Los estudiosos de la época consideraron valederas las objeciones de Alonso y rechazaron las conclusiones de Lenz. Compuso además un Diccionario de las voces chilenas derivadas de lenguas indígenas (1905-1910).[5]

«El español ha evolucionado probablemente en Chile más que en ninguna nación de la tierra y es de un extraordinario interés fonético debido a sus originales peculiaridades de pronunciación»[6]

Rodolfo Lenz, 1891
En el terreno del folclore chileno también fue su labor pionera, publicando en 1894 el primer trabajo conocido sobre la Lira Popular y estimulando la formación de un equipo de jóvenes folcloristas que constituyeron la primera generación en los estudios sobre las culturas populares. Entre sus discípulos destacaron Ramón Laval y Julio Vicuña Cifuentes, que recopilaron en las dos primeras décadas del siglo XX un valioso material sobre tradiciones mágicas y religiosas de los sectores populares, el romancero, la poesía popular, adivinanzas, refranes, mitos y leyendas tradicionales. A Lenz se debe, además, la Colección de Poesía Popular del Siglo XIX[7] y el importante artículo "Sobre Poesía Popular", impreso en Santiago de Chile en 1919. La influencia de sus principios y métodos en la Pedagogía alcanzó a todas las ramas de la investigación