Imaginalo así: la panadería está a oscuras, solo iluminada por la luz cálida de los hornos. El aire es denso, huele a vainilla y a esa harina que se queda suspendida en el aire como polvo de estrellas. Harold está allí, de pie, mirando su reloj por costumbre, aunque ya no parece saber para qué sirve.
Ana se limpia las manos en su delantal manchado y lo mira con esa mezcla de desafío y ternura que solo ella tiene.
Una brecha en el reloj de Harold
Ana: —Deja de mirar eso, Harold. El segundero no te va a decir nada que valga la pena saber hoy.
Harold: —Solo... trato de entender cuándo ocurrió. El momento exacto en que todo dejó de tener una estructura. Mi vida era una sucesión de minutos perfectos, Ana. Uno tras otro, como soldados.
Ana: (Se acerca, invadiendo su espacio personal con esa naturalidad caótica) —Es que ese es tu error. Los soldados solo marchan hacia la guerra. Los minutos son Cronos, Harold. Son hambrientos, te devoran. Pero esto... —dice, señalando el espacio entre sus rostros— esto es Kairos.
Harold: —¿Kairos?
Ana: —Es el tiempo que no se puede medir. Es el instante en que el destino se distrae y nos deja la puerta abierta. No es "cuánto" tiempo pasamos juntos, sino el peso de lo que ocurre en un solo parpadeo. Es cuando decidiste traerme esas manzanas, o cuando tocaste esa guitarra tan mal que me rompiste el corazón. Ese no fue un minuto de sesenta segundos. Fue una eternidad pequeña que elegimos habitar.
Harold: —Entonces... ¿el Kairos no tiene horario?
Ana: (Sonríe y le ofrece una galleta todavía humeante) —El Kairos es cuando la masa sube, cuando el beso sucede y cuando los auditores se olvidan de las leyes porque han encontrado algo mejor que la lógica. El tiempo se detuvo cuando me miraste, Harold. Y en ese silencio, por fin, llegaste a tiempo.
Para Ana Pascal, el amor no es esperar a que den las doce; es saber que, cuando estás con la persona adecuada, el reloj ya no tiene permiso para avanzar...

